ARROZ CON DIAMANTES
En estas playas solo se escucha el canto atorado de las
gaviotas, su arrullo y su chillido de guerra cuando aparece una que otra
alimaña que pueda ser su alimento. La canción del mar teñida de azul y blanco,
cuando llega la ola y se retira después de besar la arena de la orilla.
Caminando un poco hacia el norte, un caserío, dos o tras
casas, de pescadores, muy distantes una de otra. Muy de vez en cuando llegan
unos turistas cansados del bullicio de las ciudades, del ambiente contaminado,
del humo y del bullicio que contaminan el oído y el alma. Le tren mercado,
agua, les pagan unos pocos pesos y pueden permanecer allí durante algunos días,
incluso pueden dormir en sus covachas, a la lumbre y calor de las fogatas
armados por los mismos visitantes. Ellos
traen normalmente también sus hamacas o chinchorros, por si no quieren dormir
en los empalizados que tienen los nativos.
Esta una familia muy linda, compuesta por los padres, un
pescador, digamos que con buenas comodidades. Puesto que su barco le da para
sostener bien a su familia, dentro de las limitaciones naturales de este
ambiente. La madre es una solícita
mujer, relativamente joven encargada de hacer los alimentos, de barrer el
ranchito, de adelantar las tareas con su hijo y de prodigar amor del verdero a
toda su familia, ella es la lumbre que calienta la vida de su esposo y de su
hijo.
Quise dar una vuelta por la playa, no tan lejos de donde
estaba y Felipe me ofreció compañía, así podría saber mucho de los secretos que
este misterioso y muy agradable sitio guardaba, pues hace unos diez años Felipe
había nacido allí, recién llegados su padres que venían huyendo de la
violencia, de la indiferencia de la familia y de los hombres, de l desprecio de
la ciudad y del peligro del campo.
__ Mi papá me cuenta Felipe, es un hombre muy curioso, hábil
para todas las cosas, carpintero, labrador, cerrajero, hace de todo y nos construyó
con ayuda de mi madre, este rancho que es todo un refugio de paz y de amor. Había
logrado ahorra unos pesos de su trabajos anteriores a todo lo largo de la
costa, con lo cual compró un buen barco, dentro lo que puede llamarse bueno,
par pescar y poder subsistir. La peca abundaba por estos lados, trabajaban todo
el día y a veces la noche, con dos amigos suyos de infancia, luego llevaban a
vender su pesca al puerto en donde los compradores de pescado que venían de la
ciudad, de las grandes plazas de mercado, l o compraban al precio que ellos
dijeran, lo pagaban como les daba la gana y ponían miles de peros al producto.
__ Porqué sabes todas esas cosas?
__ Cuando tengo libre en la escuela, acompaño a mi padre y
le ayudo en lo que puedo, a él no le gusta mucho por los peligros que tiene el
mar, por las madrugadas, por las trasnochadas, por el hambre que uno tiene que
pasa en el oficio, pero a mí me encanta estar con mi papá, pues es un hombre
recio y me da ejemplo de bondad y de trabajo. Pensando siempre en nuestro
bienestar y en tenernos algún día muy bien en una buena cas en la ciudad, en
donde yo pueda estudiar en la Universidad y ser un gran doctor. Yo me amaño
mucho en la escuela, me gusta leer, mi madre me ayuda a realizar los trabajos y
la maestra es muy buena y me quiere como si yo o fuera su hijo.
Era toda una delicia caminar por la playa, los pececitos
saltaban de vez en cuando dando unos hermoso visos plateados, de diferentes
colores, pues el sol iluminaba con predilección esta partecita de arena, casi
blanca, tibia y acariciante.
Felipe me contó muchas cosas sobre la historia de este
refugio, pero como ya se estaba haciendo tarde para consumir el sabroso
sancocho de pescado que su madre estaba preparando, decidimos regresarnos para
almorzar con los otros compañeros y con la señora, pues su padre había
madrugado en su barco a trabajar en la pesca. Los compañeros habían ayudado a
la señora, doña Teresa a bajar de las matas de plátano, los racimos que
consumiríamos en el almuerzo, unos que llamaban hartones y otros “tres filos”
porque eran pequeños pero tenían como tres filos en su corteza. Era la comida
preferida y casi única de los ribereños, como habíamos llevado arroz, pues
estaría mejor el sancocho y además le agregarían un delicioso arroz con coco,
que solo doña teresa sabía preparar. Más
unas yucas que se encontraban no muy lejos del rancho y que nosotros mismos
habíamos arrancado.
No alcanzo a contar la sabrosura de sancocho, ni en el mejor
restaurante de la ciudad, se podía comer, solo allí en el rancho de doña
Teresa. Además ella nos preparó unos pescados que sirvió en un tronco que
servía de mesa, sobre unas hojas de plátano, delicia nunca saboreada antes, ni
después de estos momentos de delicias al paladar.
Tuvimos, después de dar las “muchas gracias” a la amable
cocinera, que extender los chinchorros, y recostarnos un buen rato, calculo que
unas dos horas, de profundo sueño, en donde todos tuvimos que soñar con tan
deliciosos manjares, reservados solo a nosotros, los comensales de doña Teresa.
Fueron tres días, con sus noches llenas de fogatas, de luna
y de canciones del mar, que nunca podremos olvidar. El día que salimos dejamos
alguna ropa que llevábamos para don Rafa, para el niño y para la señora, se la
entregamos a ella y no hallaba cómo agradecernos, además le dimos un dinero
para la escuela de Felipe y para que hiciera un mercado en la ciudad. Al salir de
este “hogar,” sentimos que algo allí se quedaba, miramos muchas veces hacia
atrás cuando caminábamos, y no dejábamos de batir las manos para contestar el
adiós de los que habitaban esta covacha….Un día volveremos, tal vez en las
próximas vacaciones…No se puede olvidar… Adiós, adiós, adiós.
II
Al abandonar tan paradisíaco lugar, pensamos muchas cosas.
Cómo puede vivir gente con tantas necesidades y en tanta miseria? No hay escuelas, Educación, no tienen
derecho, cada vez es más grande la brecha. El hambre, al soledad, la carencia
de servicios públicos, el agua y la luz es esencialmente privilegio de unos
pocos? Tomamos nuestros vehículos y
regresamos a casa. Durante le camino vinieron muchas cosas a la cabeza,
alcanzamos a oír en la radio que estaba próximo un huracán por los lados donde
estuvimos, y oramos a Dios para que protegiera a tan buenos amigos.
No había pasado un mes de haber estado en la covacha de los
Pabón, en compañía de don Andrés, de Doña teresa y de Felipe, contando
historias de terror en e mar a la lumbre de la fogata que nosotros mismos
arreglábamos apoyado por Felipe, cuando oímos por los pronósticos
meteorológicos de la radio y la TV, que una fuerte tormenta estaba azotando las
costas caribeñas y que pronto llegaría a las costas colombianas. En efecto a los tres días un fuerte vendaval,
un huracán de cuarta categoría, cerca de 240 kilómetros por hora, llegaba a las
costas colombianas y su ojo pasaba muy
cerca de la ciudad en donde estuvimos. Pensamos en los Pabón inmediatamente . corrimos
a la Televisión y las escenas eran dantescas. El mar era un gigante ofendido y
votaba sus enormes olas sobre las arenas dela costa, se estrellaba contra las
rocas o penetraba rugiente sobre a arena y derribaba cuanta vegetación allí
crecía. Una torrencial lluvia caía
incontenible, era una horrible borrasca. Las palmeras de la costa v besaban
casi el suelo al impulso del viento y se volvían a levantar y un nube de
objetos, palos, latas, basura, flotaba en el aire o surcaban de uno a otro lado
según la dirección del tiempo cambiaba. Se alcanzaba a oír en la medida que un
arriesgado periodista bien protegido acercaba la cámara al temporal. Vimos uno
que otro animalito, que no podíamos identificar, volando por los aires, muchas
aves que se estrellaban con los muros, con los árboles que lograban permanecer,
árboles arrancados de raíz, techos completos volando como aeroplanos.
Transcurrió como una media hora, todo
volvió a la calma y el suelo estaba lleno de escombros, las pocas palmas que
quedaron en pié parecía que les hubieran pelado con un cuchillo sus ramas y
solo una punta verde sobresalía de lo que antes eran unas frondosas y elegantes
palmeras.
Las chozas de los pescadores a orillas de los playa habían
sido totalmente destruidas. Algunas personas se salvaron por la misericordia de
Dios y porque encontraron algún refugio bajo tierra, los barcos atracados en el
puerto estaban destruidos tatamente, especialmente los barcos de los
pescadores, que eran los menos seguros y más destartalados y viejos.
Efectivamente, en casa de los Pabón todo era destrucción,
miseria angustia y desolación. Pero el amor y la constancia puede más que un
huracán, fue así como al otro día después del impacto tan fuerte y cuando ya la
furia del mar había amainado, Don Andrés,
Doña Teresa y Felipe que se habían resguardado como en un subterráneo cubierto
con grandes palos y tierra, empezaron la reconstrucción de su rancho con los
mismos escombros que habían quedado. Lograron armar un cuartico en donde podían
pasar la noche y en las afueras sobre unos troncos montaron una improvisada
cocina.
Al tercer día del huracán, los días eran luminosos, la
atmósfera limpia y el mar aunque muy movido, era meas limpio y la espuma de sus
olas más blanca. Mi padre nos dejó buena provisión de pescado antes de irse, mi
madre y yo recogíamos algunas macetas de plátano verde que nos había dejado el
huracán.
A partir de este terrible desastre, nuestras vidas
cambiarían, tendríamos como fuera que abandonar este lugar, mientras tanto yo
seguía recogiendo troncos y ramas de la playa para que mi madre cocinara, pero
el destino nos tenia trazado un camino.
Un buen día, después de muchos años, frente al mar, en las playas de a gran ciudad, ya nuestros
hijos crecidos, salimos a tomar un refresco a uno de los bares sobre la avenida
y no bien nos huimos acomodado para pedir una cerveza, un joven muy galante y
apuesto se nos acercó con mucha efusividad y nos dio a todos un gran abrazo.
_Felipe, no puede ser, está hecho todo un hombre. Y tus
padres? Tu hermosa y atenta madre, doña Teresa?
_Ah, queridos amigos, es una historia larga. Tienen que
visitarnos, cuando crean conveniente vengo por ustedes y vamos a la casa.
_No, Felipe, no nos demoramos nada, mañana mismo regresamos
a nuestra ciudad y usted sabe que siempre su casa está retirada, hubiera sido
maravilloso, para que nuestros hijos recordaran tan lindos momento pasados a al
lado de ustedes.
_No, no mi casa, que es la de ustedes está muy cerca ala
ciudad, un poco a las afueras, pero es un lugar muy lindo y muy tranquilo,
incluso se pueden quedar unos días más si a bien tienen. Oigan e siguiente
relato, si no es molestia, si los jóvenes quieren pueden regresar ala playa y
seguir tomando su baño de mar, se pueden aburrir de mi historia.
_No, interrumpió la menorcita, oiremos, puedes empezar.
_ Pues bien, inició Felipe, todo fue obra de Dios y de la
virgen, ustedes aben que mi madre era muy piadosa y mi padre muy responsable. A
veces el mara trae unos troncos y ramas, que con el tiempo se secan cuando
quedan retirados de la orilla. Mi madera decía que eran los mejores para
prender el fogón, así que salí en cumplimiento de sus órdenes a buscar lo
recomendado. No fue muy difícil pues el mar en esos días había estado muy
movido y había muchos troncos y ramas, pronto reuní los que creí que podía
llevar. Pero me sentía como nostálgico y
la belleza del mara m atraía, así que decidí pasear un poco por la playa
solitaria, pensando en mi futuro, pues ya me estaba haciendo mayorcito y tenía
que ayudar a mis padres, que no tenían ningún futuro en estos lados. El pescado
ya no abundaba lo mismo que en otros tiempos, los precios eran menores, y los compradores
explotaban mucho a quienes sacábamos los peces para venderlos y poder
subsistir. El barco de mi padre ya
estaba muy deteriorado y no había la forma de poderlo reemplazar. En estos
pensamientos absorto, vi pasar un coco con mucha fuerza sobre la arena que
arrojó el mar. Me llamó la atención. Era un coco muy grande, lo tomaré y le
diré a mi madre que nos haga hoy un caldo de pescado y arroz con coco, a mi
padre le encantaba. Así que lo traté de arreglar un poco y regresé a mi hogar
con la leña y el coco.
_Hijo y ese coco?
_Me pareció madre, que estaba bueno para que nos haga un
caldo y arroz con coco, recuerde que es un bocado muy delicioso para nosotros.
_Está bien, hijo, ayúdame a arreglarlo.
Así que lo acabé de pelar lo más que pude con un machete
viejo que teníamos, ya mi madre había sacado el arroz, le había puesto la sal
al poquito de agua que vertió sobre el sartén viejo de secar el arroz, como le había abierto tres buenos rotos al
coco, por la parte de encima traté de inclinarlo para que saliera el agüita y
colocarla con el arroz. Salieron los tres chorritos, pero luego se obstruyeron
los huecos como si algo los hubiera tapado por dentro. Insistía y solo salía
agüita cuando los sacudía fuerte, Al
sacudir el coco, ya no se oía más el ruido del agua dentro, pero yo estaba
intrigado, por lo cual decidí abrir totalmente el coco. Al separarse las dos mitades de un golpe,
saltaron unas piedras que daban visos con el sol, pues lo estaba haciendo fuera
del rancho y el sol estaba radiante esa mañana. Yo había extendido una vieja
red de pescar y un costal, para no desperdiciar el coco. Curioso empecé a
recoger las piedras que brillaban cada vez más,
cuando las tuve todas en la manos, nueve en total, que llenaban toda mi
mano, las llevé rápido para que mamá las viera.
_Pues claro hijo, eso era lo que no dejaba salir el agua del
coco.
No la noté muy alegre, no teníamos ni idea de qué se
trataba. En el fondo yo tenia un gran presentimiento. Como mi adre no llegó esa
noche, mi madre estaba muy triste, pues se suponía que lago le había pasado. No
dejó que amaneciera y me envió a la ciudad, un
tanto distante, pues allá se sabían todas las noticias, buena o malas
que sucedían en el puerto.
Lo primero que hice fue empacar bien las piedras del coco,
en una cajita de cigarros que mi padre tenía. Recordé que don Teodolindo, el joyero me conocía pues en una oportunidad
mi mamá me mandó que le empeñara unos areticos que eran el recuerdo de la
abuela, muy lindos por cierto y lo único de oros que teníamos. Corría hasta
queme cansaba, me parecía que no llegaba, no me encontré con nadie en el
camino, solo unas gaviotas e iguanas que abundaban mucho por estos lados,
salían espantadas. Al entrar a la ciudad había una pocetica de agua limpia,
refresqué mi cara, me bañé los pies y me coloqué los alpargates que traía en la
cintura para no emborrarlos ni gastarlos. Pasee primero al puerto y me cercioré
de que nada malo le había pasado mi padre. Eso me tranquilizó mucho y luego
busqué la casa del joyero con mis piedras. Yo sabía que allí comería algo y me
darían algún dinero, pues don Teodolindo era muy bueno con nosotros, además de
ser un hombre muy serio y respetado en la ciudad. Los pescadores que ya me
conocían, me habían regalado tres pescados muy buenos y grandes, los obsequiará
a don Teo y yo sacaría otros al lado del rancho. Efectivamente, me dieron
comida y una ropita para mi padre, para mí y para mi madre. Quedaron también
muy agradecidos con mi presente a nombre de mi madre.
_ Bueno, pero que lo trae por estos lados, Felipe? Otro empeño?
_Ni se imagina, don Teo, es algo curioso que le tengo. Don
Teodolindo oyó atento el relato del coco.
_Déjame ver las piedras, Felipe.
Ni corto ni perezoso saqué la cajita de cigarros y le enseñé
las piedras. Desde el primer momento don Teo, quedó con la boca a vierta…Me
pareció que algo le había dado.
_ Le pasa algo, don Teo?
_ No, no hijo, es que no
puedo creer, vamos al taller y examino estas piedras.
_Definitivamente, mi Dios los quiere mucho a todos ustedes,
por buenos y trabajadores, honestos y piadosos.
Hace mucho no veía unos diamantes tan finos y de tantos quilates, ya
elaborados y tallados. Listos para montar.
No entendí nada, no sabía que era quilates, finos, montar….
Le pedí al joyero que me explicara.
_Pues sí, hijo, son los diamantes más finos del mucho, solo
se consiguen en la India, en Rusia y en otros países europeos, su valor es muy grande. Te felicito hijo, te
felicito.
Todos se lanzaron a abrazarme ante los gritos de don Teo y
no dejaban de felicitarme. Y ahora qué debo hacer. Que haré si no tengo idea de
todas estas cosas, solo se un poco de pescados, de redes, de leña y de mar?
_ No te preocupes, hijo, yo te orientaré para que no tengas
problemas y alguien se aproveche de tu inocencia….
Salimos con don Teo y vistamos una joyería muy lujosa, el
joyero, le decían, tenía muchos y muy buenos amigos que trabajaban en piedras
preciosas y en valiosas joyas. Allí nos atendió el dueño, que había trabajado
en las minas de diamantes de un país europeo, había pasado mucho tiempo entre
los socavones de donde se extraían tan valiosas piedras. Le mostramos tres
diamantes, y la cara de asombro no fue menor que la que había visto en la de
don Teo, inmediatamente preguntó: Y de donde sacaron estos diamantes ?
_Son unas joyas que una de mis abuelas tenía guardadas,
obsequiadas por un pariente muy rico, para que mi abuela hiciera unas joyas,
pero ella nunca pudo hacerlo.
El dueño de la joyería no me conocía no sabía quien era yo,
solo conocía a don Teo, y eso por lo que ambos trabajaban la joyería y don Teo
le hacía algunos trabajos. Además ya mi amigo me había instruido más o menos lo
que debía contestar a esas preguntas. Ya no había dudas, eran diamantes muy
valiosos.
_Hijo, déjeme los diamantes, avísale solo a tu madre, a
nadie más y véngase inmediatamente con ella. Al pasar por el puerto déjenle
razón a su papá que nos busque en mi casa, el sabe perfectamente dónde es, pues
con frecuencia le facilito dinero para sus necesidades cuando la venta del
pescados pone mala o necesita algún repuesto para su barco Siempre me devuelve
todo lo que le presto y se pone bravo porque no le cobro intereses.
Don Andrés llegó ya entrada la noche, muy preocupado, pues
no sabía nada de lo que estaba pasando. Se alegró mucho cuando le contamos, y
pasamos una noche muy agradable en la casa del amigo. Salimos muy temprano, para
la joyería del amigo de don Teo, que había prometido comprarnos los diamantes.
_Resolvieron venderme los diamantes? Pero no tengo todo el
dinero en este momento.
_Sí Don Manuel, usted es un hombre justo, honesto y sabemos
que nos va comprar las joyas en el justo precio.
_De eso no lo duden, miren, les doy un cheque por esta
cantidad, es una cantidad astronómica, para que consignen el cheque hoy mismo y
este otro para que lo consignen dentro de ocho días, tiempo en el cual puedo
completar todo el dinero.
_No se preocupe, señor, ya le dijimos que confiamos en
usted, pues estos negocios no se pueden hacer con cualquier persona. No
hablemos más y vamos a consignar el
cheque, continuó don Teo. Una preguntica antes de salir, cree usted que el
gerente de este banco es persona de confiar?
_ Es una persona muy honesta y respetada en el campo de las
fianzas, por eso es una persona sencilla, vive sin ostentaciones de ninguna
clase y en forma muy humilde dentro de las mínimas comodidades, en un barrio
residencial de la ciudad.
Efectivamente el banquero
os atendió muy bien, nos hizo seguir a la oficina cuando vio la cantidad
del cheque, nos advirtió que debíamos abrir una cuenta para consignarlo y
entonces podríamos retirar en efectivo el dinero que necesitáramos, fuimos los
tres con mis padres y don Teo, la cuenta la abrimos a nombre de los tres, pero
cualquiera podía firmar en caso de necesidad. Una vez legalizada la cuenta, le
comentamos de la existencia de los otros diamantes, le preguntamos si podríamos
dejarlos en depósito en el banco y nos aconsejó que mejor lo hiciéramos en el
Banco de la República, que allí los avaluaban al depositarlos y al entregarlos
de nuevo, además era una bóveda más segura y cuidada. Así lo hicimos. Colocamos
cinco Diamantes, un poco más grandes que el vendido y el sexto se lo
obsequiemos a don Teo, que no dejaba de darnos las gracias y llorar de la
emoción. Ya no tendré que trabajar más, gritaba casi a voz en cuello, mis hijos
tendrán universidad, mi vivienda será un palacio y podremos tener los mejores
vehículos de la ciudad. Mi familia va a estar feliz….
_Bueno mis estimados amigos, ya podrían imaginarse qué clase
de casa compramos, cómo vivimos, tenemos que celebrar, si quieren esta misma
noche se pueden trasladar a nuestra casa, mi madre estará feliz de verlos y prepararles
la sopa de pescado, mañana salimos a alta mar en el yate de mi padre a pescar y
a divertirnos todo el día, qué les parece. Nosotros los queremos y lo
recordamos mucho.
Al regresar a nuestra ciudad, después de ocho días en casa
de Felipe, contamos a nuestros amigos lo sucedido y programamos la visita a
doña Teresa en las próximas vacaciones….
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