viernes, 21 de marzo de 2014

 ARROZ CON DIAMANTES

En estas playas solo se escucha el canto atorado de las gaviotas, su arrullo y su chillido de guerra cuando aparece una que otra alimaña que  pueda ser su alimento.  La canción del mar teñida de azul y blanco, cuando llega la ola y se retira después de besar la arena de la orilla.  

Caminando un poco hacia el norte, un caserío, dos o tras casas, de pescadores, muy distantes una de otra. Muy de vez en cuando llegan unos turistas cansados del bullicio de las ciudades, del ambiente contaminado, del humo y del bullicio que contaminan el oído y el alma. Le tren mercado, agua, les pagan unos pocos pesos y pueden permanecer allí durante algunos días, incluso pueden dormir en sus covachas, a la lumbre y calor de las fogatas armados por los mismos visitantes.  Ellos traen normalmente también sus hamacas o chinchorros, por si no quieren dormir en los empalizados que tienen los nativos.

Esta una familia muy linda, compuesta por los padres, un pescador, digamos que con buenas comodidades. Puesto que su barco le da para sostener bien a su familia, dentro de las limitaciones naturales de este ambiente.  La madre es una solícita mujer, relativamente joven encargada de hacer los alimentos, de barrer el ranchito, de adelantar las tareas con su hijo y de prodigar amor del verdero a toda su familia, ella es la lumbre que calienta la vida de su esposo y de su hijo.

Quise dar una vuelta por la playa, no tan lejos de donde estaba y Felipe me ofreció compañía, así podría saber mucho de los secretos que este misterioso y muy agradable sitio guardaba, pues hace unos diez años Felipe había nacido allí, recién llegados su padres que venían huyendo de la violencia, de la indiferencia de la familia y de los hombres, de l desprecio de la ciudad y del peligro del campo.

__ Mi papá me cuenta Felipe, es un hombre muy curioso, hábil para todas las cosas, carpintero, labrador, cerrajero, hace de todo y nos construyó con ayuda de mi madre, este rancho que es todo un refugio de paz y de amor. Había logrado ahorra unos pesos de su trabajos anteriores a todo lo largo de la costa, con lo cual compró un buen barco, dentro lo que puede llamarse bueno, par pescar y poder subsistir. La peca abundaba por estos lados, trabajaban todo el día y a veces la noche, con dos amigos suyos de infancia, luego llevaban a vender su pesca al puerto en donde los compradores de pescado que venían de la ciudad, de las grandes plazas de mercado, l o compraban al precio que ellos dijeran, lo pagaban como les daba la gana y ponían miles de peros al producto.

__ Porqué sabes todas esas cosas?

__ Cuando tengo libre en la escuela, acompaño a mi padre y le ayudo en lo que puedo, a él no le gusta mucho por los peligros que tiene el mar, por las madrugadas, por las trasnochadas, por el hambre que uno tiene que pasa en el oficio, pero a mí me encanta estar con mi papá, pues es un hombre recio y me da ejemplo de bondad y de trabajo. Pensando siempre en nuestro bienestar y en tenernos algún día muy bien en una buena cas en la ciudad, en donde yo pueda estudiar en la Universidad y ser un gran doctor. Yo me amaño mucho en la escuela, me gusta leer, mi madre me ayuda a realizar los trabajos y la maestra es muy buena y me quiere como si yo o fuera su hijo.

Era toda una delicia caminar por la playa, los pececitos saltaban de vez en cuando dando unos hermoso visos plateados, de diferentes colores, pues el sol iluminaba con predilección esta partecita de arena, casi blanca, tibia y acariciante.

Felipe me contó muchas cosas sobre la historia de este refugio, pero como ya se estaba haciendo tarde para consumir el sabroso sancocho de pescado que su madre estaba preparando, decidimos regresarnos para almorzar con los otros compañeros y con la señora, pues su padre había madrugado en su barco a trabajar en la pesca. Los compañeros habían ayudado a la señora, doña Teresa a bajar de las matas de plátano, los racimos que consumiríamos en el almuerzo, unos que llamaban hartones y otros “tres filos” porque eran pequeños pero tenían como tres filos en su corteza. Era la comida preferida y casi única de los ribereños, como habíamos llevado arroz, pues estaría mejor el sancocho y además le agregarían un delicioso arroz con coco, que solo doña teresa sabía preparar.  Más unas yucas que se encontraban no muy lejos del rancho y que nosotros mismos habíamos arrancado.

No alcanzo a contar la sabrosura de sancocho, ni en el mejor restaurante de la ciudad, se podía comer, solo allí en el rancho de doña Teresa. Además ella nos preparó unos pescados que sirvió en un tronco que servía de mesa, sobre unas hojas de plátano, delicia nunca saboreada antes, ni después de estos momentos de delicias al paladar.

Tuvimos, después de dar las “muchas gracias” a la amable cocinera, que extender los chinchorros, y recostarnos un buen rato, calculo que unas dos horas, de profundo sueño, en donde todos tuvimos que soñar con tan deliciosos manjares, reservados solo a nosotros, los comensales de doña Teresa.

Fueron tres días, con sus noches llenas de fogatas, de luna y de canciones del mar, que nunca podremos olvidar. El día que salimos dejamos alguna ropa que llevábamos para don Rafa, para el niño y para la señora, se la entregamos a ella y no hallaba cómo agradecernos, además le dimos un dinero para la escuela de Felipe y para que hiciera un mercado en la ciudad. Al salir de este “hogar,” sentimos que algo allí se quedaba, miramos muchas veces hacia atrás cuando caminábamos, y no dejábamos de batir las manos para contestar el adiós de los que habitaban esta covacha….Un día volveremos, tal vez en las próximas vacaciones…No se puede olvidar… Adiós, adiós, adiós.

II

Al abandonar tan paradisíaco lugar, pensamos muchas cosas. Cómo puede vivir gente con tantas necesidades y en tanta miseria?  No hay escuelas, Educación, no tienen derecho, cada vez es más grande la brecha. El hambre, al soledad, la carencia de servicios públicos, el agua y la luz es esencialmente privilegio de unos pocos? Tomamos nuestros vehículos  y regresamos a casa. Durante le camino vinieron muchas cosas a la cabeza, alcanzamos a oír en la radio que estaba próximo un huracán por los lados donde estuvimos, y oramos a Dios para que protegiera a tan buenos amigos.

No había pasado un mes de haber estado en la covacha de los Pabón,  en compañía de don Andrés,  de Doña teresa y de Felipe, contando historias de terror en e mar a la lumbre de la fogata que nosotros mismos arreglábamos apoyado por Felipe, cuando oímos por los pronósticos meteorológicos de la radio y la TV, que una fuerte tormenta estaba azotando las costas caribeñas y que pronto llegaría a las costas colombianas.  En efecto a los tres días un fuerte vendaval, un huracán de cuarta categoría, cerca de 240 kilómetros por hora, llegaba a las costas colombianas  y su ojo pasaba muy cerca de la ciudad en donde estuvimos. Pensamos en los Pabón inmediatamente . corrimos a la Televisión y las escenas eran dantescas. El mar era un gigante ofendido y votaba sus enormes olas sobre las arenas dela costa, se estrellaba contra las rocas o penetraba rugiente sobre a arena y derribaba cuanta vegetación allí crecía.  Una torrencial lluvia caía incontenible, era una horrible borrasca. Las palmeras de la costa v besaban casi el suelo al impulso del viento y se volvían a levantar y un nube de objetos, palos, latas, basura, flotaba en el aire o surcaban de uno a otro lado según la dirección del tiempo cambiaba. Se alcanzaba a oír en la medida que un arriesgado periodista bien protegido acercaba la cámara al temporal. Vimos uno que otro animalito, que no podíamos identificar, volando por los aires, muchas aves que se estrellaban con los muros, con los árboles que lograban permanecer, árboles arrancados de raíz, techos completos volando como aeroplanos. Transcurrió como una media hora,  todo volvió a la calma y el suelo estaba lleno de escombros, las pocas palmas que quedaron en pié parecía que les hubieran pelado con un cuchillo sus ramas y solo una punta verde sobresalía de lo que antes eran unas frondosas y elegantes palmeras.

Las chozas de los pescadores a orillas de los playa habían sido totalmente destruidas. Algunas personas se salvaron por la misericordia de Dios y porque encontraron algún refugio bajo tierra, los barcos atracados en el puerto estaban destruidos tatamente, especialmente los barcos de los pescadores, que eran los menos seguros y más destartalados y viejos.

Efectivamente, en casa de los Pabón todo era destrucción, miseria angustia y desolación. Pero el amor y la constancia puede más que un huracán, fue así como al otro día después del impacto tan fuerte y cuando ya la furia del mar  había amainado, Don Andrés, Doña Teresa y Felipe que se habían resguardado como en un subterráneo cubierto con grandes palos y tierra, empezaron la reconstrucción de su rancho con los mismos escombros que habían quedado. Lograron armar un cuartico en donde podían pasar la noche y en las afueras sobre unos troncos montaron una improvisada cocina.

Al tercer día del huracán, los días eran luminosos, la atmósfera limpia y el mar aunque muy movido, era meas limpio y la espuma de sus olas más blanca. Mi padre nos dejó buena provisión de pescado antes de irse, mi madre y yo recogíamos algunas macetas de plátano verde que nos había dejado el huracán.

A partir de este terrible desastre, nuestras vidas cambiarían, tendríamos como fuera que abandonar este lugar, mientras tanto yo seguía recogiendo troncos y ramas de la playa para que mi madre cocinara, pero el destino nos tenia trazado un camino.

Un buen día, después de muchos años, frente al mar,  en las playas de a gran ciudad, ya nuestros hijos crecidos, salimos a tomar un refresco a uno de los bares sobre la avenida y no bien nos huimos acomodado para pedir una cerveza, un joven muy galante y apuesto se nos acercó con mucha efusividad y nos dio a todos un gran abrazo.

_Felipe, no puede ser, está hecho todo un hombre. Y tus padres? Tu hermosa y atenta madre, doña Teresa?

_Ah, queridos amigos, es una historia larga. Tienen que visitarnos, cuando crean conveniente vengo por ustedes y vamos a la casa.

_No, Felipe, no nos demoramos nada, mañana mismo regresamos a nuestra ciudad y usted sabe que siempre su casa está retirada, hubiera sido maravilloso, para que nuestros hijos recordaran tan lindos momento pasados a al lado de ustedes.

_No, no mi casa, que es la de ustedes está muy cerca ala ciudad, un poco a las afueras, pero es un lugar muy lindo y muy tranquilo, incluso se pueden quedar unos días más si a bien tienen. Oigan e siguiente relato, si no es molestia, si los jóvenes quieren pueden regresar ala playa y seguir tomando su baño de mar, se pueden aburrir de mi historia.

_No, interrumpió la menorcita, oiremos, puedes empezar.

_ Pues bien, inició Felipe, todo fue obra de Dios y de la virgen, ustedes aben que mi madre era muy piadosa y mi padre muy responsable. A veces el mara trae unos troncos y ramas, que con el tiempo se secan cuando quedan retirados de la orilla. Mi madera decía que eran los mejores para prender el fogón, así que salí en cumplimiento de sus órdenes a buscar lo recomendado. No fue muy difícil pues el mar en esos días había estado muy movido y había muchos troncos y ramas, pronto reuní los que creí que podía llevar.  Pero me sentía como nostálgico y la belleza del mara m atraía, así que decidí pasear un poco por la playa solitaria, pensando en mi futuro, pues ya me estaba haciendo mayorcito y tenía que ayudar a mis padres, que no tenían ningún futuro en estos lados. El pescado ya no abundaba lo mismo que en otros tiempos, los precios eran menores, y los compradores explotaban mucho a quienes sacábamos los peces para venderlos y poder subsistir.  El barco de mi padre ya estaba muy deteriorado y no había la forma de poderlo reemplazar. En estos pensamientos absorto, vi pasar un coco con mucha fuerza sobre la arena que arrojó el mar. Me llamó la atención. Era un coco muy grande, lo tomaré y le diré a mi madre que nos haga hoy un caldo de pescado y arroz con coco, a mi padre le encantaba. Así que lo traté de arreglar un poco y regresé a mi hogar con la leña y el coco.

_Hijo y ese coco?

_Me pareció madre, que estaba bueno para que nos haga un caldo y arroz con coco, recuerde que es un bocado muy delicioso para nosotros.

_Está bien, hijo, ayúdame a arreglarlo.

Así que lo acabé de pelar lo más que pude con un machete viejo que teníamos, ya mi madre había sacado el arroz, le había puesto la sal al poquito de agua que vertió sobre el sartén viejo de secar el arroz,  como le había abierto tres buenos rotos al coco, por la parte de encima traté de inclinarlo para que saliera el agüita y colocarla con el arroz. Salieron los tres chorritos, pero luego se obstruyeron los huecos como si algo los hubiera tapado por dentro. Insistía y solo salía agüita cuando los sacudía fuerte,  Al sacudir el coco, ya no se oía más el ruido del agua dentro, pero yo estaba intrigado, por lo cual decidí abrir totalmente el coco.  Al separarse las dos mitades de un golpe, saltaron unas piedras que daban visos con el sol, pues lo estaba haciendo fuera del rancho y el sol estaba radiante esa mañana. Yo había extendido una vieja red de pescar y un costal, para no desperdiciar el coco. Curioso empecé a recoger las piedras que brillaban cada vez más,  cuando las tuve todas en la manos, nueve en total, que llenaban toda mi mano, las llevé rápido para que mamá las viera.

_Pues claro hijo, eso era lo que no dejaba salir el agua del coco.

No la noté muy alegre, no teníamos ni idea de qué se trataba. En el fondo yo tenia un gran presentimiento. Como mi adre no llegó esa noche, mi madre estaba muy triste, pues se suponía que lago le había pasado. No dejó que amaneciera y me envió a la ciudad, un  tanto distante, pues allá se sabían todas las noticias, buena o malas que sucedían en el puerto.

Lo primero que hice fue empacar bien las piedras del coco, en una cajita de cigarros que mi padre tenía. Recordé que don Teodolindo,  el joyero me conocía pues en una oportunidad mi mamá me mandó que le empeñara unos areticos que eran el recuerdo de la abuela, muy lindos por cierto y lo único de oros que teníamos. Corría hasta queme cansaba, me parecía que no llegaba, no me encontré con nadie en el camino, solo unas gaviotas e iguanas que abundaban mucho por estos lados, salían espantadas. Al entrar a la ciudad había una pocetica de agua limpia, refresqué mi cara, me bañé los pies y me coloqué los alpargates que traía en la cintura para no emborrarlos ni gastarlos. Pasee primero al puerto y me cercioré de que nada malo le había pasado mi padre. Eso me tranquilizó mucho y luego busqué la casa del joyero con mis piedras. Yo sabía que allí comería algo y me darían algún dinero, pues don Teodolindo era muy bueno con nosotros, además de ser un hombre muy serio y respetado en la ciudad. Los pescadores que ya me conocían, me habían regalado tres pescados muy buenos y grandes, los obsequiará a don Teo y yo sacaría otros al lado del rancho. Efectivamente, me dieron comida y una ropita para mi padre, para mí y para mi madre. Quedaron también muy agradecidos con mi presente a nombre de mi madre.

_ Bueno, pero que lo trae por estos lados, Felipe? Otro empeño?

_Ni se imagina, don Teo, es algo curioso que le tengo. Don Teodolindo oyó atento el relato del coco.

_Déjame ver las piedras, Felipe.

Ni corto ni perezoso saqué la cajita de cigarros y le enseñé las piedras. Desde el primer momento don Teo, quedó con la boca a vierta…Me pareció que algo le había dado.

_ Le pasa algo, don Teo?

_ No, no hijo, es que no  puedo creer, vamos al taller y examino estas piedras.

_Definitivamente, mi Dios los quiere mucho a todos ustedes, por buenos y trabajadores, honestos y piadosos.  Hace mucho no veía unos diamantes tan finos y de tantos quilates, ya elaborados y tallados. Listos para montar.

No entendí nada, no sabía que era quilates, finos, montar…. Le pedí al joyero que me explicara.

_Pues sí, hijo, son los diamantes más finos del mucho, solo se consiguen en la India, en Rusia y en otros países europeos,  su valor es muy grande. Te felicito hijo, te felicito.

Todos se lanzaron a abrazarme ante los gritos de don Teo y no dejaban de felicitarme. Y ahora qué debo hacer. Que haré si no tengo idea de todas estas cosas, solo se un poco de pescados, de redes, de leña y de mar?

_ No te preocupes, hijo, yo te orientaré para que no tengas problemas y alguien se aproveche de tu inocencia….

Salimos con don Teo y vistamos una joyería muy lujosa, el joyero, le decían, tenía muchos y muy buenos amigos que trabajaban en piedras preciosas y en valiosas joyas. Allí nos atendió el dueño, que había trabajado en las minas de diamantes de un país europeo, había pasado mucho tiempo entre los socavones de donde se extraían tan valiosas piedras. Le mostramos tres diamantes, y la cara de asombro no fue menor que la que había visto en la de don Teo, inmediatamente preguntó: Y de donde sacaron estos diamantes ?

_Son unas joyas que una de mis abuelas tenía guardadas, obsequiadas por un pariente muy rico, para que mi abuela hiciera unas joyas, pero ella nunca pudo hacerlo.

El dueño de la joyería no me conocía no sabía quien era yo, solo conocía a don Teo, y eso por lo que ambos trabajaban la joyería y don Teo le hacía algunos trabajos. Además ya mi amigo me había instruido más o menos lo que debía contestar a esas preguntas. Ya no había dudas, eran diamantes muy valiosos.

_Hijo, déjeme los diamantes, avísale solo a tu madre, a nadie más y véngase inmediatamente con ella. Al pasar por el puerto déjenle razón a su papá que nos busque en mi casa, el sabe perfectamente dónde es, pues con frecuencia le facilito dinero para sus necesidades cuando la venta del pescados pone mala o necesita algún repuesto para su barco Siempre me devuelve todo lo que le presto y se pone bravo porque no le cobro  intereses.

Don Andrés llegó ya entrada la noche, muy preocupado, pues no sabía nada de lo que estaba pasando. Se alegró mucho cuando le contamos, y pasamos una noche muy agradable en la casa del amigo. Salimos muy temprano, para la joyería del amigo de don Teo, que había prometido comprarnos los diamantes.

_Resolvieron venderme los diamantes? Pero no tengo todo el dinero en este momento.

_Sí Don Manuel, usted es un hombre justo, honesto y sabemos que nos va comprar las joyas en el justo precio. 

_De eso no lo duden, miren, les doy un cheque por esta cantidad, es una cantidad astronómica, para que consignen el cheque hoy mismo y este otro para que lo consignen dentro de ocho días, tiempo en el cual puedo completar todo el dinero.

_No se preocupe, señor, ya le dijimos que confiamos en usted, pues estos negocios no se pueden hacer con cualquier persona. No hablemos más y vamos  a consignar el cheque, continuó don Teo. Una preguntica antes de salir, cree usted que el gerente de este banco es persona de confiar?

_ Es una persona muy honesta y respetada en el campo de las fianzas, por eso es una persona sencilla, vive sin ostentaciones de ninguna clase y en forma muy humilde dentro de las mínimas comodidades, en un barrio residencial de la ciudad.

Efectivamente el banquero  os atendió muy bien, nos hizo seguir a la oficina cuando vio la cantidad del cheque, nos advirtió que debíamos abrir una cuenta para consignarlo y entonces podríamos retirar en efectivo el dinero que necesitáramos, fuimos los tres con mis padres y don Teo, la cuenta la abrimos a nombre de los tres, pero cualquiera podía firmar en caso de necesidad. Una vez legalizada la cuenta, le comentamos de la existencia de los otros diamantes, le preguntamos si podríamos dejarlos en depósito en el banco y nos aconsejó que mejor lo hiciéramos en el Banco de la República, que allí los avaluaban al depositarlos y al entregarlos de nuevo, además era una bóveda más segura y cuidada. Así lo hicimos. Colocamos cinco Diamantes, un poco más grandes que el vendido y el sexto se lo obsequiemos a don Teo, que no dejaba de darnos las gracias y llorar de la emoción. Ya no tendré que trabajar más, gritaba casi a voz en cuello, mis hijos tendrán universidad, mi vivienda será un palacio y podremos tener los mejores vehículos de la ciudad. Mi familia va a estar feliz….

_Bueno mis estimados amigos, ya podrían imaginarse qué clase de casa compramos, cómo vivimos, tenemos que celebrar, si quieren esta misma noche se pueden trasladar a nuestra casa, mi madre estará feliz de verlos y prepararles la sopa de pescado, mañana salimos a alta mar en el yate de mi padre a pescar y a divertirnos todo el día, qué les parece. Nosotros los queremos y lo recordamos mucho.

Al regresar a nuestra ciudad, después de ocho días en casa de Felipe, contamos a nuestros amigos lo sucedido y programamos la visita a doña Teresa en las próximas vacaciones….








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